El documental Uyariy, dirigido por Javier Corcuera, emerge como un testimonio cinematográfico esencial sobre las protestas antigubernamentales en Perú de finales de 2022 e inicios de 2023. Su título en quechua, que significa “escuchar”, invita a atender las voces silenciadas de las víctimas y sus familias, centrándose en la masacre de Juliaca del 9 de enero de 2023, aunque el contexto abarca el pico de movilizaciones en junio previo.
Memoria de las protestas
Uyariy recoge relatos directos de testigos en Puno y el Altiplano, destacando la represión policial durante las manifestaciones contra el gobierno de Dina Boluarte.
Junio de 2023 marcó un clímax de furia popular en el sur andino, con quema de comisarías y enfrentamientos que dejaron decenas de muertos, incluyendo niños. Así es como el filme viaja por Juliaca y regiones vecinas, acompañando cantos de protesta y duelos colectivos, para visibilizar la impunidad que persiste.
Importancia cinematográfica
Para los cinéfilos, Uyariy destaca por su estilo austero y potente: testimonios crudos sin narrador omnisciente, imágenes de archivo y paisajes altiplánicos que evocan la resistencia aymara.
Corcuera, conocido por filmes como Rapto y La Última Parque, transforma el duelo en acto político, recordando masacres como la de Juli (Puno), donde balas policiales segaron vidas. Su estreno en enero de 2026 generó polémica por supuesta censura en cines limeños y sureños, con funciones canceladas sin explicación, subrayando cómo el cine peruano choca con el poder.
Relevancia actual
Las protestas de junio simbolizaron la fractura nacional: demandas indígenas por justicia contra el racismo limeño. Uyariy no solo documenta 18 muertos en Juliaca y cientos de heridos, sino que urge memoria colectiva ante la negación oficial.
En un Perú polarizado, este documental refuerza el rol del cine como “uyariy” contra la violencia institucional, invitando a espectadores a escuchar la herida abierta.
Legado de Uyariy
Uyariy trasciende el mero registro histórico al entrelazar memoria colectiva con la identidad andina. Corcuera filma rituales aymaras y grafitis en Juliaca, donde en enero de 2023 murieron 18 personas por represión estatal, evocando las protestas de junio como catalizador de indignación sureña contra el centralismo limeño. Para los cinéfilos, su montaje rítmico —mezcla de celulares amateur y tomas estáticas— recuerda a The Act of Killing, pero anclado en la cosmovisión quechua.
Censura y resistencia
El boicot a su estreno en 2026, con cines cancelando proyecciones en Arequipa y Lima, expone tensiones políticas. Organizaciones como Demus denuncian esta “negación de memoria” como violencia simbólica, similar a intentos de invisibilizar Ayacucho en los 80. Corcuera compara Uyariy con su ópera prima Rapto, pero enfatiza su urgencia: “Siempre ha sido así, pero no siempre tiene que serlo”.
Impacto cultural
En festivales como el de Puno, el filme generó debates sobre justicia transicional. Sus 200 palabras adicionales profundizan en cómo junio de 2023 unió cabildos indígenas y universitarios, dejando 50 muertos nacionales. Uyariy urge al cine peruano a ser “oyente activo”, preservando voces contra el olvido oficial.